Argentina, y esa eterna sed de ser coronado de gloria

Argentina, y esa eterna sed de ser coronado de gloria

¿Se puede decir que este artículo es “especial”? Normalmente  un periodista (o un aspirante a serlo, como en mi caso) está citado a escribir, sea lo que sea, con objetividad. Por más que tire para un lado o para el otro, a su pesar debe destacar lo bueno y lo malo de cada lado. Debe ser imparcial, que no se sepa para qué lado tira.

Hoy me toca hablar de mi selección, de mi Argentina. Como una argentina más, sobre todo lo que viene pasando en estas últimas veinticuatro horas.

Primero que nada, no puedo no felicitar a Chile por su victoria. Más allá de la rivalidad, la historia, el odio, etcétera, etcétera, hay que saber perder y reconocer al oponente, me pese lo que me pese, y hoy no será la excepción. El dicho “que gane el mejor” no se aplica solo a la historia, sino al que exprima al máximo el presente. Y eso fue lo que hicieron ustedes, y está perfecto, claro.

Ahora vamos a lo puntual. A ese tema que tanto a quien les escribe como a todos los argentinos les duele el orgullo propio al hablar (y eso que nos caracterizan por tener muchísimo orgullo propio, algunos más que otros): las últimas tres finales.

Comencemos por 2014. Final de la FIFA World Cup. Alemania vs Argentina, la cual se terminó convirtiendo en la final más repetida de la historia. Solo había dos caminos por seguir: el de México ’86, o el de Italia ’90. Camiseta local, o camiseta de visitante. Cuando te encuentras con un país tan supersticioso como el nuestro, aprendés que la albiceleste es vista como la camiseta de la suerte, la que nos dio la copa de la mano de Burruchaga, Maradona y compañía; y también que la camiseta azul, la de visitante, es la “yeta” ya que con esa “se nos fue la Copa del 90”. Los teutones llegaban de vapulear a Brasil en semifinales, mientras que nosotros veníamos de unos agónicos penales frente a Holanda que hicieron que el anhelo de levantar a esa rebelde que se nos negó en el 90 se haga realidad. Nos tocó usar la camiseta azul. El partido fue de igual a igual, llegaban tanto ellos como nosotros. Y que ambos equipos dejaron todo, seguro. Le valió una pérdida temporal de memoria a Kramer tras chocar con Garay, el “era penal” de Neuer sobre Higuaín con ese choque brutal, el corte que le hizo Agüero a Schweinsteiger en la cara, entre otras. Pero que nuestra selección dejó todo en ese partido frente a la máquina alemana, no lo dudo, ni tampoco ninguno de mis compatriotas; aunque jamás vaya a entender el cambio de Lavezzi por Agüero, aunque hoy siga lamentándome “¡¡Era por abajo, Palacio!!”, aunque aún tenga en la garganta el grito del gol anulado a Higuaín, y también que Chiquito Romero no se haya tirado para el otro lado y así tapar esa pelota maldita de Götze que les valió el quedarse una vez más, frente a nosotros, con la Copa y, como en el 90, en tiempo de prórroga. Y nosotros con la imagen de nuestro Leo Messi frente al trofeo y su mirada anhelante, como pasó con el Diego en su momento. Tan cerca pero tan lejos…

Una nueva oportunidad llegó en 2015 para poder quedarnos afónicos de felicidad: Copa América. ¿El rival? Nuestro vecino trasandino. El Chile de Sampaoli venía descomunal. Parecía que le habían “encontrado la vuelta”, y así fue. Mal o bien, dejaron en el camino a un grande de América como Uruguay, y no tuvieron problemas en hacer lo mismo con Perú en semis. Por nuestra parte, dejamos atrás a la Colombia de Pekerman y James, y al Paraguay del DT argentino Ramón Díaz, para llegar a nuestra segunda final consecutiva. Directores técnicos de misma nacionalidad de un lado y del otro. Los vecinos en guerra. Muchos dicen que la copa pasada fue para que Chile salga campeón, que tuvo “ayuditas”. No lo afirmo ni lo niego, pero que aquella final no la salimos a ganar, eso lo admito. Argentina parecía… desganada.

Tal vez pensando que después de hacerle un partidazo a Alemania el pasado año, no sé, ¿Qué sería pan comido? Si se lo preguntas a un ultra argentino que vive del pasado y la historia, no dudaría en responderte que sí, y de paso un par de insultos dedicados a los rivales. Pero, le cueste a quien le cueste, mal o bien, Chile no dejó de empujar en ningún momento… y llegamos a penales. Los agónicos penales (si sabemos de agonía, papá), en el cual solo cumplió Lionel Messi. Y erraron Ever Banega, y el inolvidable de Gonzalo Higuaín (¿habrá llegado aquella pelota a Júpiter ya?). Por ende solo bastó con el empujoncito de Alexis Sánchez para que Chile se corone campeón de América, dejando a Argentina con más hambre que nunca. Otra vez, tan cerca pero tan lejos.

¿La tercera es la vencida? ¿Saciaremos nuestra sed de gloria esta vez?, fueron las incógnitas predominantes en esta Copa América Centenario. Esta vez Chile no jugaba de local, ni tampoco nosotros. El equipo comandado por el “Tata” Martino, esta vez, nos daba bastante a la ilusión. Justamente, nos llevamos la primera victoria frente a Chile en la fase de grupos, para luego arrancar una serie de partidos donde se vieron goles de todos los gustos y aromas.

No importan los rivales, la cuestión era que el equipo estaba arrancando bien, y daba mucha más ilusión que en 2015. Para variar, éramos de los favoritos, ¿Cómo no soñar una vez más, independientemente del eterno rencor a Higuaín y también a Agüero? Dicho y hecho, llegamos a la final una vez más… repitiendo otra vez una final, a lo Copa del Mundo. ¿Sería como Chile 2015? ¿O esta vez escribiríamos un Argentina 2016? Cuánta ilusión, loco… esta vez incluso llegábamos con mejores números y unas exhibiciones para nada malas, tanto individuales y grupales, a pesar de algunas falencias. El Chile de Pizzi (otro argentino) no era el mismo que el de Sampaoli, pero igualmente no se quedaba atrás de ninguna forma. Y, añadiendo la victoria en fase de grupos, ¿Cómo no pensar que la copa podía ser nuestra ya? Esta vez, el hincha argentino se calmó un poco.

Pese a la gran ilusión, la mayoría supo cambiar un “será nuestra” rotundo por un “ojalá sea” (repito, la mayoría, no todos). El partido para Argentina fue como una pelota en proceso de desinflarse, o al menos así lo percibió quien les escribe. Una gran evidencia fue el GOLAZO (sí, en mayúsculas) que se erró Higuaín frente al arco. Porque literalmente, estaba frente al arco. Y solo, porque Bravo quedó atrás, y a Gary Medel se le hubiera hecho difícil sacar esa pelota. Cuando vimos eso, la ilusión comenzó a descender paulatinamente. El tiro libre que Bravo le atajó a Messi (que hubiera sido un golazo), las erradas de Agüero, y algún que otro disparo rebelde de Di María y Banega también comenzaron a pasarnos factura, sumadas a las expulsiones (injustas) de Rojo y Díaz por parte del árbitro brasileño Lopes, que dejó mucho que desear. Y, repitiendo la misma final del año pasado, volvimos a la agonía de los penales. Cuál fue la gran esperanza nuestra al festejar la atajada de Chiquito Romero (quien tuvo un muy buen partido) a Vidal, pero que se vio desconcertada por la falla de Leo Messi. Y posteriormente, de Lucas Biglia, no nos olvidemos de él. Ya no podíamos reclamar nada cuando el último penal de Chile rompió el arco. Ya estaba. Todo se volvió a acabar. Y otra vez, nos quedamos sedientos de gloria. Una vez más, tan cerca pero tan lejos…

El batacazo no pudo ser peor cuando Lionel Messi, en conversación con reporteros, dio la peor noticia: “Se terminó la selección para mí. No sé por qué no se me da. Ya está”. Todos nos quedamos desconcertados. Definitivamente fue un golpe bajísimo. La Pulga es internacional absoluto desde Alemania 2006, y desde entonces no paró. A eso se le sumó la misma decisión tomada por Javier Mascherano, el Jefecito, quien está presente en la selección desde 2004 y las pasó todas. A estos se sumaron Agüero, y también se rumorea que Higuaín seguiría los mismos pasos. Pero, les hago saber, los portazos que pegaron Leo y Masche fueron los que más dolieron. Y aún, en mi caso y varios más que conozco, tenemos ese sueño de que ambos vuelvan y digan que es mentira.

Pero como bien dejó en claro un periodista de un medio argentino conocido “Quedate, Leo. Pero que tus amiguitos no vuelvan. Es hora que te rodees de nuevos aires, de jóvenes que busquen acompañarte, que tengan tu mismo hambre”. Es hora de que los que te acompañen sean otros, Lionel. Ojalá vuelvas. O sino, un tiempito corto, para que te extrañen los que viven criticándote, para que el argentino una vez más tropiece con la misma piedra de “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, para no tomarse tan a pecho el nefasto y mala leche “Si no ganan, que no vuelvan”. Y ojalá que también esa limpieza comience desde abajo. Sí, desde la AFA. Y ahí, tal vez ahí, podamos vivir coronados de gloria, como reza nuestro himno.

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